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Columnista de Espacio 4

  • Ejercicios espirituales y filosofía antigua

    Ejercicios espirituales y filosofía antigua

    Javier Prado Galán
    Por Javier Prado GalánCatedrático y escritor

    Para mi neumático amigo Manuel Pereira.

    Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, prototipo de los ejercicios espirituales católicos, persiguen con denuedo el destierro de las afecciones desordenadas de nuestra vida, y una vez eliminadas, buscar y hallar la voluntad de Dios. Habiendo dicho esto, es necesario afirmar que no es verdad lo que señalan Pierre Hadot y otros autores respecto a que dichos ejercicios espirituales no suponen más que la versión cristiana de cierta tradición grecorromana cuya importancia habremos de demostrar (Hadot, 2006, p. 24). Si analizamos a fondo el texto ignaciano, vemos de inmediato que el segundo objetivo —buscar y hallar la voluntad de Dios— nos remite a una dimensión trascendente que no encontramos explícitamente en la tradición grecorromana. El mismo ejercicio constante del discernimiento de espíritus en San Ignacio de Loyola implica concentrarse no sólo en la primera finalidad, sino, sobre todo, en la segunda. Empero, es verdad que hay algún vínculo entre la tradición grecorromana y los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Veamos algunos de estos indicios en las llamadas , que no tan menores. Me refiero a la estoica y a la epicúrea.

    Hadot concluye que, de la mano de los estoicos, los epicúreos y otras escuelas de la Antigüedad filosófica, la filosofía se nos aparece entonces originalmente no ya como una elaboración teórica, sino como método de formación de una nueva manera de vivir y percibir el mundo, como un intento de transformación del hombre (Hadot, 2006, p. 56.). La finalidad que buscan los ejercicios filosóficos antiguos es la realización y mejora de uno mismo. Es evidente que, en la supresión de las afecciones desordenadas, que no pecados, de los ejercicios de Ignacio se busca lo mismo: la perfección del sujeto.

    Para los estoicos, la filosofía es ejercicio . La filosofía, para ellos, es eminentemente práctica. La actitud espiritual fundamental de un estoico es la prosoche, la atención continua. Se trata de discernir en actitud vigilante lo que depende y lo que no depende de nosotros. El estoico sabe ver en la pobreza, en el sufrimiento, en la mismísima muerte, no males, pues no dependen de nosotros. El principio universal consiste entonces en discernir lo que depende y lo que no depende de nosotros. Epicteto lo explica de manera reiterada en su Enquiridión. Se Que la muerte se te presente cada día ante la vista y no serás asaltado jamás por ningún pensamiento bajo ni deseo excesivo (No. 21). Este modo de ver la muerte sólo se comprende si se sabe advertir en ella algo que no depende de nosotros.

    Tanto el estoicismo como el epicureísmo pretenden lo mismo: la libertad y la independencia. El estoicismo, al discernir entre lo que depende de nosotros y lo que no, y elegir cuidar de lo primero, obtiene la máxima libertad que proporciona el «vivir conforme a la naturaleza . El epicureísmo, al descartar los deseos no naturales ni necesarios y quedarse con los naturales y necesarios, consigue como premio la independencia en grado sumo.

    En lo que acierta Hadot es en aseverar que la verdadera filosofía es pues, en la Antigüedad, práctica de ejercicios espirituales (Hadot, 2006, p. 52). Las meditaciones ignacianas de la segunda semana de Ejercicios Espirituales podrían realizarse al margen de la dimensión trascendente. Por ejemplo, reflexionar sobre los criterios del Buen Espíritu —pobreza, oprobios, humildad— para no ser engañados por el Malo y sus criterios —riqueza, honores, soberbia— puede realizarse sin necesidad de recurrir a la metáfora de las Dos Banderas: la de Jesús y la de Satanás. Sin embargo, creo que se pierde la hondura del seguimiento de Cristo y de la colaboración en el reinado de Dios. Hace unos días falleció mi amigo, el escritor Manuel Pereira Quintero, a quien le dedico este artículo. Manolo trascendió con una obra literaria que ostenta galardones tales como el Premio Internacional de Cuentos Cortes de Cádiz 2006 por Mataperros. Y novelas de la talla de Insolación. El autor de Toilette y yo solíamos conversar en torno al gnosticismo, pues Pereira simpatizaba con esta doctrina. Los gnósticos dividen la especie humana en tres categorías: los neumáticos, los psíquicos y los hílicos. Los neumáticos o espirituales son los que poseen la chispa divina activa y pueden alcanzar la iluminación y retornar al pléroma, la plenitud de la realidad divina. Son los despiertos, los que poseen la capacidad de comprender la verdad trascendental. Su salvación no depende de sus acciones morales o de su fe ciega, sino del despertar de su propia naturaleza espiritual mediante el conocimiento, la gnosis. Los psíquicos o anímicos son los dominados por el alma, la psyché, y tienen el potencial de elección y de fe, pero se quedan a medias. Y los hílicos o materiales son los que viven en la ignorancia y en las bajas pasiones. Yo solía chancear a Manolo y le decía: «tú perteneces a los neumáticos». Y es que estos abren paso, como en el caso de los Ejercicios Espirituales con mayúscula, a la tan anhelada trascendencia.

    Publicado en la edición impresa 808 de Espacio 4 (27 de octubre al 9 de noviembre de 2026), página 25. Lee la edición completa en PDF.