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Columnista de Espacio 4

  • Imaginarios neo-Mexicans…

    Imaginarios neo-Mexicans…

    José del Bosque Joch
    Por José del Bosque JochHistoriador y cronista

    Fun aint easy if it aint free.
    Too many people got a hold on me…
    But I know something that they dont know:
    I know a woman in New Mexico…

    Billy Joel, «Worse Come to Worst» / Piano Man

    (1973)

    De cariz naranja, conocidos dedos regordetes volvieron a elucubrar. Y tronar al internet con menos de 10 renglones. Trump style. Bicós yes: el estado de Nuevo México ahora debería llamarse New America. Para Mr. Donald, el rebautizo puede aumentar el prestigio del territorio, el valor de sus casas y hasta la honestidad electoral. Todo en un mismo paquete, eh. Las boletas de noviembre se respiran a dos cuadras y, toca —al parecer— rediseñar atlas y toponimias. Pero bueno, ya uno se acostumbra. Antes de cernir el plumón sobre ese globo terráqueo que nos acompaña en estudios y bibliotecas, conviene empatar al absurdo con microhistoria acústica… por lo pronto. Porque, antes de ficheros de metal, han sido: discos, memorias, carreteras… quienes han trazado un mapa que contiene a Nuevo México, así, sin espasmos morfológicos. Pero con andamiajes geoculturales, hijos de una depresión y una guerra. Oriundos de cartografías sin mancillar, aún. Arkansas, Minnesota… y hasta el Toronto que está al otro lado del lago. Pero todos, caudillos de un rock-folk fundacional.

    Seis cuerdas toponímicas

    En 1964, un tal Johnny Cash grabó «New Mexico». Se trata de una historia de vaqueros con —hartas— fatigas y desengaños. Atraído por salario con aventuras, un rapaz acepta viajar al inhóspito oeste. El paraíso, sin embargo, resulta más seco y aciago que lo prometido. Capataz de la lírica rural, Cash —quien rescata una balada escrita por Johnson & Lambson— no necesitó discursos sobre identidad. Bastan el polvo, las vacas y una —mala— paga, que pagaba . Nuevo México aparece como terruño vivido y hasta padecido, no como una etiqueta cartográfica. Sí como cancionero topográfico.

    Antes de entronizarse como padre del grunge noventero y sus angustias, Neil Young llegó a Albuquerque —N.M.— en 1975. Llevaba, en una carpeta remendada, a Tonights the night, uno de sus álbumes más sombríos. En «Albuquerque», el poeta maldito de Canadá busca perderse en el paisaje. Ahí encontrará unos huevos estrellados, jamón de la región y un sitio en donde a nadie le importa quién es. No buscó prestigio inmobiliario ni una bandera más insigne. Quería estar en paz. La ciudad —hoy núcleo metropolitano del geométrico estado sureño— funcionará como refugio. Es una coordenada para desaparecer de las caravanas. Hay lugares que uno elige para que el mundo deje de preguntar.

    Un pre-Nobel de Literatura, por su parte, dejó «Santa-Fe». Bob Dylan filtró aún más raigambre en aquellas grabaciones subrepticias conocidas como The basement tapes. Sucedieron en 1967. La canción sugiere saltos casi cuánticos, pero bien neomexicanos. Una mujer escuálida que escribe versos al highway, una casa sin cocina, y un viaje en bote de langostinos hacen de la sacra capital de Nuevo México un domo geodésico. Así, el eléctrico trovador y canónico rolling-stone despliega el grato disparate de quien parece haber perdido el mapa… pero nunca las ganas de reventarse en blues. Santa Fe no necesita explicación turística: basta con que Dylan la invoque. Que la resuelva en su topografía personal. En ese universo, hasta perder el rumbo es una forma de orientarse.

    Nuevo México no nació ayer ni necesita una campaña de «relanzamiento». Su nombre tiene raíces barrocas que anteceden —de forma centenaria— los primeros vericuetos que dieron pista para fundar a los Estados Unidos. Su tríptico atmosférico reúne a navajos con comanches, y a frailes españoles bicolores… en una fulgurante mesa novohispana. A días de las elecciones del 3 de noviembre, el aspaviento para renombrarla chispea —cebado— como necio capricho que hasta enmudece a las fantasmagóricas ocurrencias de temporada.

    Johnny Cash ya cantó su aridez decimonónica. Neil Young lo convirtió en su refugio. Bob Dylan encapsuló su legendario mito. Tres juglares del folk, tres rasgueos, un par de resoplos harmónicos… y una misma lección: los nombres no son envolturas que se timbran en la caja registradora y líquida. A veces contienen siglos, como Nuevo México, su historiografía y sus imaginarios colectivos. Y no habrá tuit que consiga empaquetarlos en un sobre codificado en Amazon. Afortunadamente. Para eso tiene apellido…

    Publicado en la edición impresa 808 de Espacio 4 (27 de octubre al 9 de noviembre de 2026), página 24. Lee la edición completa en PDF.