
El pasado jueves 1 de octubre, por la mañana, se volvió a abrir la herida de nuestra región. Una herida que no ha sanado desde su interior. Los protagonistas: dos jóvenes hermanos, Carlos y David, de 18 años, apodados «los cuates». Una víctima mortal: Neri Edith Narváez Gonzáles, subdirectora de la Escuela Secundaria General No. 13, ubicada en el ejido La Unión, que pertenece a la ciudad de Torreón, Coahuila, México.
Hace seis años, el 10 de enero, un niño de 11 años también asesinó a balazos a la maestra María Assaf Medina, en el Colegio Cervantes, otra vez de la ciudad de Torreón. En ambos casos hubo otros lesionados y heridos y, sobre todo, familias destruidas y desconsoladas. Dos hechos lamentables en menos de siete años.
Un niño y dos jóvenes han abierto la herida de la violencia en nuestra Comarca Lagunera. No son aislados estos acontecimientos; en otras ciudades del país y del mundo entero han ocurrido casos similares. Es una herida que no ha sanado, que sigue lastimando lo más delicado y vulnerable de nuestra sociedad: maestros, niños, adolescentes y jóvenes. Medidas, muchas: mochilas transparentes, revisión de alumnos, vigilancia tanto de las escuelas como de los maestros y las autoridades; un sinfín de acciones que buscan curar este dolor. Por otro lado, prohibiciones de publicaciones violentas y seguimiento de amenazas en redes sociales. Pero ¿todo esto curará esa herida de violencia que durante mucho tiempo se ha sembrado en el corazón y la mente de nuestros niños, adolescentes y jóvenes?
Algo estamos haciendo mal todos. Sí, todos. Porque los niños, adolescentes y jóvenes son de todos: padres de familia, escuelas, sociedad, Iglesias, Gobiernos, etcétera. ¿De qué estamos llenando sus mentes y corazones? ¿Cómo los vamos guiando por el camino de la vida? ¿Qué tipo de familia y sociedad queremos para ellos? La verdad es que no hay respuestas fáciles, pero sí una gran esperanza que nos invita, nuevamente, a ponerlos a ellos en el centro, como lo hizo el mejor maestro: Jesús. «En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: —¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos? Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: —En verdad les digo: si no se convierten y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 18, 1-3).
Poner en el centro significa cuidar, proteger, enseñar, guiar, acompañar, instruir. Con amor y paciencia. Con tiempo de calidad y calidez. No hay mayor vocación para una madre y un padre que cuidar y poner en el centro a su hijo. De igual manera, todos los que estamos involucrados en su educación y formación debemos hacerlo. No perdamos esa dimensión y sanemos esa herida que todavía sigue abierta y que ha lastimado a nuestra sociedad.
Publicado en la edición impresa 808 de Espacio 4 (27 de octubre al 9 de noviembre de 2026), página 24. Lee la edición completa en PDF.
