Abrir un libro y ponerse en marcha

De la parálisis a la acción, de Miguel Ángel Monreal: una guía con ejercicios, reflexiones y una mirada filosófica para superar la procrastinación y el miedo al cambio.

Abrir un libro y ponerse en marcha
Por LibroStudio

Los libros tienen la palabra» es el lema que, en décadas pasadas, acompañaba las ediciones de bolsillo que la SEP, editoriales y librerías regalaban por el Día Nacional del Libro, una celebración instituida en 1980 como homenaje a sor Juana Inés de la Cruz.

Más allá de su ardiente literalidad, el lema encierra otro sentido: los libros tienen voz propia y, sobre todo, derecho a interpelarnos. Pueden llevarnos desde el punto A —el punto final con el que el autor cerró su manuscrito— hacia destinos insospechados: B, C, Z y mucho más allá.

Entre aquel punto final y el lector está el editor, ese intermediario útil y dispuesto que propicia tan feliz encuentro. Pero la gran máquina del pensamiento solo se echa a andar cuando alguien se atreve a tomar un libro entre las manos y, con mayor atrevimiento aún, decide abrirlo. Ahí cobra sentido cualquier celebración de la palabra escrita.

«Abrir» deriva del latín aperīre, que también significa «comenzar» o «descubrir». Una acción tan natural como transformadora. Por ello, nos parece adecuado abrir esta sección —gracias a la generosa confianza de Espacio 4 y su director, Gerardo Hernández— con este libro: De la parálisis a la acción, de Miguel Ángel Monreal, una guía con ejercicios, reflexiones y una mirada filosófica para superar la procrastinación y el miedo al cambio.

Del vértigo a la insensibilidad

La vida pasa frente a nosotros como una ráfaga, y, sin darnos cuenta, dejamos de percibir lo que realmente nos sucede. Estamos tan ocupados en este mundo moderno, acelerado y divergente, que lo común se vuelve extraordinario y lo extraño se vuelve ordinario. Lo que antes era cierto ahora parece falso, lo desconocido se vuelve familiar, y la novedad se transforma rápidamente en obsolescencia. Vivimos en un entorno tan cambiante que muchos pierden el rumbo, olvidando aquello que alguna vez los motivó y los movió. A veces nos detenemos en zonas de confort; otras, nos invaden el desinterés, la pereza, el miedo, las presiones laborales o el entretenimiento excesivo que nos ofrece la tecnología. Hemos entrado en una época donde avanzar o detenerse en lo personal parece irrelevante, porque siempre hay una excusa: «Todos hacen lo mismo».

Ya no parece necesario esforzarse ni trabajar en algo productivo. Existen múltiples formas de generar ingresos fáciles, apelando únicamente a la parte innovadora del individuo. Y aunque algunos logran divertirse con ese dinero fácil, muchos otros lo imitan sin éxito y quedan atrapados en una etapa de parálisis.

Y es ahí donde comienza el verdadero problema: hemos normalizado la inmovilidad. Nos hemos instalado en una parálisis silenciosa, disfrazada de comodidad o modernidad, que nos impide avanzar hacia cualquier propósito real. Ya no se trata solo de no saber qué hacer, sino de no sentir la urgencia de hacer algo . La voluntad se diluye, los sueños se posponen y el alma se adormece. Esta parálisis no es física, sino existencial: una desconexión profunda entre lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.

Así, la vida queda a la deriva, sin rumbo, sin propósito, sin movimiento. Y lo más inquietante es que, en medio de esta quietud disfrazada de libertad, muchos han dejado de preguntarse si aún están vivos por dentro.

Publicado en la edición impresa 808 de Espacio 4 (27 de octubre al 9 de noviembre de 2026), página 23. Lee la edición completa en PDF.

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