De niña caminaba kilómetros para llegar a una vasta zona de vegetación con una lagunilla. Rodeada de nogales y otros árboles cuyas ramas formaban un techo que protegía del intenso calor, la ruta era larga, pero divertida. Una acequia serpenteaba a un lado de la vereda. En la aventura participábamos mi prima Laura y una amiga, Siomara, a veces se sumaba Chachín, un vecino. Tendríamos unos nueve o diez años.
Durante la travesía nos topábamos con la quinta Julia Rosa, que constaba de una casa, árboles de membrillos y nogales, zona de picnic con mesas y bancas de cemento, así como una pileta que era usada como alberca por donde la acequia tenía su paso natural. El lugar estaba bardeado con malla ciclónica cubierta con enredaderas de hierbas. Desde la primera vez que la vi, quedé maravillada con esa quinta, al sur de Castaños, mi pueblo.
En una de esas salidas, hicimos parada para contemplarla desde la cerca; se alcanzaba a ver la pila de agua y un par de leones de color amarillo mostaza, apostados en las laterales, que nos intrigaron sobremanera. Cuchicheábamos sobre los leones, dilucidando si eran reales.
Son principios de los 80 en una localidad pequeña, donde los niños éramos ingenuos, jugando en la vía pública sin vigilancia y, casi siempre, sin permiso de los padres. No había dinero suficiente en nuestras familias que nos permitiera tener juguetes o comprar los dulces que deseábamos, por lo que esas excursiones se convertían en experiencias emocionantes.
«Son de verdad», «no, son de mentiras», opinábamos unos y otros, hasta que alguien exclamó haber visto movimiento en uno de los felinos y fue entonces que corrimos. Nuestras mentes y corazones eran genuinamente infantiles, inocentes, confiadas. Una mañana, mi hermano Héctor nos comentó a Laura y a mí, que en el patio de la casa de Juan el panadero había un elefante. A unas cuadras se encontraba dicha vivienda, en una esquina; el patio, atrás. Una barda alta de adobe ocultaba al elefante, del que sólo avistábamos el lomo gris, redondo. Aunque nos subimos a la banqueta grande de enfrente, no miramos más que esa parte del paquidermo, además de que obstaculizaban las ramas de un matorral. Al igual que con los leones de la quinta Julia Rosa, nos concentramos en confirmar el dato de uno de mis hermanos mayores. Duramos varios minutos cavilando la posibilidad de que no fuera un elefante de verdad, porque permanecía quieto; de pronto, vimos un ligero movimiento y también, como con los leones, huimos.
Cuando regreso al pueblo a visitar a mis familiares que aún radican allí y recorro las calles, recuerdo esas vivencias y sonrío. Cuánta inocencia y fantasía definieron mi niñez. Veo las ruinas de la casa de Juan el panadero y, sobresaliendo de la barda de adobe, el horno de pan, con el cemento gris muy deteriorado, como seguramente lucen así las estatuas de los leones de la quinta Julia Rosa. Suspiro con nostalgia. Qué tiempos aquellos. Las viviendas no son las mismas, las calles tampoco (ahora están pavimentadas), los comercios ya no existen, mi prima habita en otra ciudad y yo también, Siomara igual; Chachín volvió a nuestra tierra luego de años fuera del estado, cayó en las drogas y hoy trata de salir adelante. No es el mismo, nadie lo es. Los vecinos fallecieron o se mudaron. Mis padres ya murieron, al igual que mi hermano Héctor, y una parte de mí, también.
Publicado en la edición impresa 808 de Espacio 4 (27 de octubre al 9 de noviembre de 2026), página 23. Lee la edición completa en PDF.




